La historia del americano con el Tour y el dopaje

Grises nubes vuelven a aparecer
en el horizonte ciclista después de que la tormenta Armstrong haya vuelto a
empapar el mundo del deporte al saberse desposeído de sus siete Tour.
El pasado día 22, la UCI, con
McQuaid a la cabeza, ha eliminado de un disparo la historia reciente del
ciclismo moderno, y convertido al texano en su víctima para lavar la dañada
imagen del organismo. Armstrong, por cierto, nunca dio positivo en ningún
control, pero los hechos que se recogen en el informe de la
USADA donde se explica como
era “la red de dopaje más sofisticada”, pesa demasiado. El linchamiento público
al que ha sido sometido, queda como algo secundario.
Nadie, absolutamente nadie
saldrá ganador de esta batalla finalizada pero con más de 13
años de duración. Su primera victoria en el Tour, en 1999, ya se vio inmersa en
las primeras
sospechas
de dopaje por parte de la prensa. El precedente del
escándalo
Festina aún era reciente y alguien que había sufrido sesiones de
quimioterapia, sin haber demostrado antes unos grandes dotes para las carreras
de 3 semanas, le convertían automáticamente en sospechoso.
A pesar de los recelos
intrínsecos del propio ciclismo, la victoria del americano también se quiso
transmitir como la savia nueva del pelotón. Superviviente de cáncer, con
proyección e imagen internacional, valiente en la carretera, limpio del Tour
del 98… Realmente cumplía los requisitos. Era un elegido. Había que cerrar
heridas. Tábula rasa. Ano I d. Festina.
Los medios se le tiraban encima y
más adelante desde los EEUU se rebautizaría la carrera como “le Tour de Lance”.
El ciclismo ya tenía su nuevo icono, que no solo se afianzaría sino que se
convertiría en un personaje mediático cuyos pasos resonarían más allá los
límites de la bicicleta
Pero algo no iba bien. El
ciclismo gozaba de corredores de altísimo nivel y los veranos se convertían en
una especie de lucha de todos contra Armstrong para ver quién sería el primero
en destronar al rey en su carrera. Pasaron Ullrich, Pantani, Beloki, Mayo,
Klöden, Basso… y nadie consiguió someter al Boss. Algo fallaba. La historia
perfecta tenía algo escondido en el guión. Demasiada tiranía, demasiado poder.
El entorno, aquel concepto
ambiguo e intangible tan de moda en otro conocido deporte, ya intuía que cabía
la posibilidad que Armstrong fuero otro de tantos que habían caído a las
tentaciones de la manzana prohibida. Al fin y al cabo, en el pelotón “todo van
drogados” y tampoco hubiera sido una gran sorpresa.
En noviembre del 2000 se
iniciaría una
investigación
al equipo US Postal que acabaría dos años después sin ningún resultado
aparente, aunque las sospechas no cesarían. La salida de un par de libros con
testimonios que relataban algunas ramas del presunto sistema de Armstrong
añadirían presión al corredor, que llegaría a la máxima expresión con las
pruebas que l’Equipe, periódico que siempre ha sido reticente a las victorias
del americano,
publicaría
en 2005, año de su primera retirada.
¿Qué era del ciclismo entonces?
Un deporte mucho más amplio que a finales de los 90, cuando creímos ser el
centro del universo gracias a los éxitos de Indurain, y con una idea mucho más globalizada e internacional. El
ciclismo ya llegaba más allá de las fronteras de la Vieja Europa, y guste o no,
la eclosión de Armstrong fue un elemento clave en este proceso.
Su imagen, su historia y sus
victorias fueron reconocidas en todos los rincones del globo, mucho más allá de
las dudas y sospechas que caían sobre él. Todos los niños que soñaban con el
Tour querían ser como Lance, y el resto del mundo deportivo corrió a acercarse
al mito llevando su pulserita amarilla. No era un simple ciclista. Era una
marca. Lance Armstrong
La mítica revista TIME le incluyó
en sus
lista
de los 100 personajes más influyentes en 2008 por compartiendo lista con el
Dalai Lama, Barack Obama, Michael Bloomberg o Steve Jobs. Aquel año fue el del
anuncio del regreso. “I’m back”, dijo, con la intención de potenciar la lucha
contra el cáncer, y ya de paso, mirar de volver a ganar en Francia.
El año siguiente, ya de nuevo con
maillot, se vio un Lance diferente. Mucho más cercano y relajado. Conocedor de
que su imagen había sido puesta en duda en reiteradas ocasiones, quiso crear un
programa
antidopaje propio junto a Don
Catlin, reconocido experto en la materia, para demostrar que estaba limpio. Además,
colgó en la web de su fundación los resultados de siete controles de finales de
2008. Insuficiente para la Agencia Francesa Antidopaje, quien valoró aunque sin
llegar a hacerse efectiva, la posibilidad de
sancionarle
por violar las reglas en un control en marzo
Limpio o no, todas las carreras
se pegaban para poder adjuntar el nombre del texano en su cartel. El Giro lo
consiguió, y la Vuelta a Castilla a León tuvo más seguimiento que en todas sus
ediciones gracias a la presencia del corredor de Astaná. Tal es la grandiosidad
de su figura, que nadie dudó en erigir un pequeño
monumento
en Antigüedad (Palencia) para recordar que allí fue donde Armstrong se fracturó
la clavícula en su preparación para el Tour. En la Grande Boucle, por cierto,
acabó en un meritorio tercer puesto, en la primera imagen de Lance en París sin
el amarillo.
Y como pasaba en el campo de
batalla, cuando los soldados huían al ver a su rey caer, las derrotas de Lance
en Francia diluyeron por completo la lealtad de sus antiguos gregarios quienes
por cierto, la espada de Damocles había caído ya sobre ellos.
Landis
fue el primero de los grandes en querer morir matando en 2010, y otro que
creció y engrandeció a la sombra del tejano,
Hamilton,
también admitió que Armstrong se dopaba justo un año después.
Los testimonios y las
declaraciones de personajes tan próximos al de Austin, junto con las palabras
también reveladoras de la mujer de Frankie Andreu, hicieron que los vientos
cambiaron. Así lo entendió la USADA, quien hizo su entrada en escena a
principios de 2012 y posteriormente
acusaría
formalmente a Lance de haberse dopado. La Agencia avisó primero y pegó después.
¿Sería pues verdad, que el gran
Lance Armstrong también era mentira? ¿Que el gran icono del ciclismo moderno
nos había engañado a todos? ¿Otra vez tener que volver a empezar?
Inicialmente Lance negó cualquier
acusación y se limitó a recordar que nunca había dado positivo, pero el
asfixiante peso de los datos que se iban revelando y saliendo a la luz condujo
al héroe a decir un
basta
que se entendió como la aceptación de unos hechos iban cogiendo cada vez más
forma y volumen.
Una forma, por cierto, que
también han contribuido en dar excompañeros como Hincapie o Leipheimer al
reconocer
que ellos, junto a su líder, también usaron productos dopantes.
Algunos dirán que la caída de
Armstrong era inevitable a la vez que necesaria para luchar contra los
tramposos y volver a creer en el deporte limpio. Otros dirán que esta tormenta
no hace nada más que hundir más las ruedas en el barro, y acusarán a los
testimonios de oportunistas al reconocer los hechos en el ocaso de su carrera o
ya retirados.
Seguramente ambas versiones
tendrán un alto porcentaje de razón, pero el gran perjudicado es el ciclismo en
sí. La UCI da una
imagen
de ineptitud deplorable y oscura, el Tour tiene siete de sus ediciones sin
ganador, los patrocinadores
huyen
para no relacionarse con el ciclismo, el corredor más mediático resulta que era falso y los
aficionados volverán a desconfiar de cualquier caballo ganador…
¿Qué hacemos ahora? Pues la
verdad es que considero que ha habido épocas mucho peores y sangrientas. El
caso Armstrong se relaciona con el lustro negro del pelotón, que tuvo su
expresión más amplia en la Operación Puerto, y pocos ciclistas de entonces
están ya a primera línea. Además, la probada red de dopaje de US Postal, al fin
y al cabo, no era más que la continuación de lo que descubrimos en el 1998.
Doloroso, pero nada nuevo.
Positivos los habrá más, seguro.
Pero considero que hay que seguir creyendo en la nobleza de este deporte, como
también se cree en la limpieza del futbol a pesar de presuntos partidos
amañados, en la NBA de la compra de árbitros, o en el tenis a pesar de las
redes de apuestas detectadas.
Los que se saltan las normas
tienen que pagar, sin duda, pero considero excesivo el escarnio público con el
que se está tratando a Lance Armstrong, protagonista de nuestra historia reciente
y que con su trayectoria ha evolucionado la concepción internacional del Tour y
el ciclismo.
En España defendimos hasta la
saciedad Valverde y su Val.Piti, y la
prensa
minimizó el chuletón de Contador. No caigamos en la histórica y milenaria
tentación de disfrutar con la caída de un grande.
Lance ha sido, limpio o no,
protagonista de la historia del Tour y de todas nuestras recientes tardes de
verano. Que pague como han pagado muchos, pero basta de enterrarle y de querer
olvidar algo que siempre quedará en la memoria del ciclismo.